Monachil Geografic

UNA REVISTA DE HISTORIAS DE MONACHIL

Historia de las Centrales Eléctricas del Río Monachil

EL PEQUEÑO RÍO QUE DA LUZ
EL PEQUEÑO RÍO QUE DA LUZ

El río Monachil no solo ha sido agua que corre entre piedras. Durante décadas fue camino, escuela, trabajo y esperanza; fue también la fuerza invisible que encendía las noches del pueblo. En sus orillas convivieron la dureza de la montaña y la obstinación tranquila de quienes supieron escuchar el rumor del agua para convertirlo en energía y en vida. Hoy, cuando algunas de aquellas centrales son ya silencio y ruina, el río sigue fluyendo con la misma paciencia antigua, recordándonos que su luz no es solo eléctrica: es la luz de una comunidad aprendiendo a vivir al ritmo de su cauce.

"El río Monachil no solo ha sido agua que corre entre piedras. Durante décadas fue camino, escuela, trabajo y esperanzas"

En este relato, haremos un breve recorrido por la historia de las pequeñas centrales hidroeléctricas que, integradas en el paisaje, muchas de ellas en cascada, han aprovechado, a lo largo de los tiempos el caudal del río Monachil para iluminar nuestro pueblo o propulsar, entre otros, el famoso Tranvía de la Sierra.

Empezaremos precisamente por esta, la Central de Tranvías. Seguiremos nuestro recorrido por las dos centrales que se perdieron en el camino: la Trola, actualmente en ruinas y la Fabriquilla de la que solo queda nuestro recuerdo. Después hablaremos de la Central de Diechar, la más longeva en continuidad y finalmente de la Central de la Vega que aún continúa en funcionamiento después muchos avatares a lo largo de su historia. Terminaremos con el testimonio de una de nuestras vecinas, que nació en la central de la Vega y vivió los primeros años de su infancia en la pequeña aldea que habitaron junto al río los trabajadores de la central. Historias de nuestro río y de nuestro pueblo que durante siglos fue riego, huerta, molino y sustento repartiendo con cuidado sus aguas por acequias y bancales y marcando ritmos de siembra y vida, pero que, con la llegada del siglo XX, empezó a prestarnos un nuevo servicio: fabricar luz.

CENTRAL DEL TRANVÍA DE MONACHIL

Luz para abrir el camino de un antiguo tranvía

Ligada a una de las aventuras más singulares de la historia local de Granada y del pueblo de Monachil , estuvo la central que abastecía de energía al famoso Tranvía de Sierra Nevada. Inaugurada a comienzos del siglo XX, concretamente en 1.907, su razón de ser era clara: proporcionar energía a aquel tranvía que conectaba Granada con la sierra y que transformó durante décadas la relación de la ciudad con la montaña. Más tarde, la central de Tranvías amplió su red de actuación y fue también la proveedora de energía de toda la red de tranvías de Granada capital.

Con el cierre de la línea del Tranvía de la Sierra en 1.974 y la desaparición paulatina del resto de los tranvías que circulaban en Granada, estuvo abandonada durante varios años hasta que fue rehabilitada por el Ayuntamiento de Monachil para proporcionar electricidad al pueblo y como ejemplo de que una infraestructura histórica puede encontrar un lugar en el presente.  Su reapertura aparece fechada en 1.991. Se conservaron y adaptaron las instalaciones para poner de nuevo la turbina en funcionamiento con una potencia de alrededor de 2.400 kVA.

Actualmente, aunque la central ya no funciona como generadora de electricidad, el edificio sigue siendo objeto de atención técnica y conservación y en el año 2023 se licitó un contrato municipal para la “reparación y renovación de la central eléctrica de Tranvías” aunque en la actualidad  no existen anuncios oficiales sobre una puesta en marcha estable de la central como generadora de electricidad tras esas obras de mantenimiento.

CENTRAL ELÉCTRICA DE LA TROLA DE MONACHIL

Ruinas, agua y memoria

Muy distinta es la suerte de la central de La Trola, hoy abandonada. Sus restos aún se adivinan en el sendero del río hacia Los Cahorros, integrados en el paisaje casi como una ruina romántica. Fue una instalación pequeña, pensada para una producción modesta, que dejó de funcionar a mediados del siglo XX. El río siguió su camino, y la central quedó atrás, convertida en recuerdo y piedra. Hoy apenas quedan de ella unos muros vencidos, cubiertos de vegetación, casi confundidos con la roca. Cuesta imaginar que allí, durante décadas, el agua se convirtió en luz.

La documentación indica que la central dejó de funcionar en los años 60 del siglo XX, tras un episodio de lluvias intensas que provocó la rotura de la conducción principal. El daño fue suficiente para que la instalación quedara abandonada, iniciando un lento proceso de ruina.

"Los vecinos de Monachil sabemos que las laderas de nuestras montañas “andan”,  que la tierra aquí no es inmóvil."

Muchos recuerdan todavía cómo un corrimiento de tierras desplazó parte de la construcción, acercando las ruinas al cauce del río, donde hoy se pueden ver. No existe constancia escrita que lo confirme con exactitud, pero el relato encaja con la naturaleza inestable de toda la zona de Monachil  donde los corrimientos de tierra han sido siempre una amenaza latente.

Así, la Central de la Trola queda suspendida entre dos mundos: el de los archivos, que hablan de canales, tuberías y fechas; y el de la memoria oral, que recuerda el temblor de la tierra y el avance silencioso de la ladera. Quizá la verdad completa esté hecha de ambas cosas.

La Fabriquilla de Monachil

LA FABRIQUILLA DE MONACHIL

Ruinas, agua y memoria

No hemos encontrado la central de La Fabriquilla en los inventarios técnicos ni en los listados oficiales, pero sigue viva en la memoria de nuestros vecinos más mayores. Según recuerdan los vecinos y vecinas de Monachil, fue una pequeña instalación situada dentro en el casco urbano, junto al río, que aprovechaba su fuerza para usos industriales y que, en algún momento, contó con un generador eléctrico de pequeña potencia. Posteriormente fue abandonada y durante algunos años se utilizó como local para un taller de chapa, hasta que finalmente el  inmueble fue vendido y derribado para construir un edificio de viviendas frente a lo que hoy conocemos como el parking de los Cahorros.

Hoy día no queda su rastro físico, pero su nombre sigue circulando por el pueblo.  La Fabriquilla representa esa otra historia —la que no siempre se escribe en planos ni en archivos— y recuerda que el río estuvo presente incluso en los rincones más domésticos del pueblo.

CENTRAL DE DIECHAR

La que nunca descansó

La central hidroeléctrica de Diechar , construida   en las primeras décadas del siglo XX, concretamente en 1.917,   es hoy la más conocida y también la más longeva en continuidad. Fue erigida en el Camino de San Jerónimo, entre el Purche y el cauce del río.  Captaba —y sigue captando— el agua de río Monachil a través de un canal que la conduce hasta la central, donde la gran caída mueve las turbinas. Es una de esas infraestructuras que parecen haber aprendido a envejecer bien: se ha modernizado, pero mantiene su función original. A día de hoy, Diechar continúa en funcionamiento, como un testigo silencioso de la primera electrificación del valle.

CENTRAL DE LA VEGA DE MONACHIL

La vida familiar en una antigua central eléctrica

La Central de La Vega es una historia de ida y vuelta. Fue una de las primeras en construirse (hay datos que la sitúan en el año 1.894), pero en 1.967 la central dejó de funcionar, fue clausurada y poco a poco quedó abandonada  hasta que,  dos décadas después, fue recuperada y puesta de nuevo en funcionamiento. En 1.988 fue adquirida en ruinas y rehabilitada por su actual propietario  (GRUPO CUERVA) y  se volvió a poner en marcha como central activa.  Utiliza un importante salto de agua y una turbina moderna, pero su ubicación y su sentido siguen siendo los mismos: aprovechar la energía natural del río sin interrumpir su curso.

La Central de la Vega, al igual que la Central de Diechar,  albergó durante muchos años,  la vida de un grupo de familias de trabajadores de la explotación. Las últimas familias vinculadas a la Central de la Vega debieron abandonarla a finales de la década de los 60 o principios de los 70. No era solo una máquina industrial junto al río: era un lugar donde se tejieron vidas, rutinas y relaciones humanas. Una diminuta aldea que se alzaba en medio del valle como un pequeño mundo aparte, aislado de la vida urbana y, al mismo tiempo, profundamente conectado con ella.

Para las familias que trabajaban allí, la existencia era intensa y comunitaria. El acceso al pueblo de Monachil era dificultoso por un camino estrecho y pedregoso, que obligaba a ganar el valle en mulo o a pie. El recorrido hasta el pueblo se realizaba por el Camino de la Solana ya que el sendero que hoy conocemos a través del desfiladero de los Cahorros  y que es recorrido por miles de senderistas cada año, resultaba absolutamente impracticable para recorrerlo a lomos de un mulo.

Hemos conseguido el testimonio de una de nuestras vecinas, Encarni Cifuentes, hija de Gabriel Cifuentes, empleado de la Compañía Sevillana de Electricidad en la Central de la Vega y que fue la persona que se ocupó de atender la enseñanza de los niños en una pequeña escuela improvisada junto al río. Encarni nos ha contado cómo era la vida de estas familias en la década de los 60 Central de la Vega: ella lo recuerda, a pesar de su dureza, como un pequeño paraíso perdido en la montaña. 

El pequeño paraíso perdido en la montaña

En 1929, en una casita de empleados de la Central de la Vega, nació Encarna, la madre de Encarni. Allí trabajaba su padre, hasta que un accidente en el campo obligó a la familia a marcharse al pueblo de Monachil. Años después, ya casada con Gabriel Cifuentes —también empleado de la central— regresó a aquel lugar que había sido su primera casa.

Y allí, junto al río,  nació Encarni en 1.958. En aquella época vivían en la central unas  ocho familias y muchos niños. El agua repiqueteaba día y noche, y la fábrica de la luz marcaba el ritmo de la vida. Su padre, que creía en la educación como una puerta abierta al progreso,  reunía a los pequeños  en una escuela improvisada y les enseñaba a leer y a escribir: así aprendió ella sus primeras  letras mezcladas con el rumor del agua.

Cuando los niños crecían, la realidad se imponía. Si querían continuar estudiando, tenían que marcharse internos a un colegio lejano. No era posible ir y venir cada día desde la central hasta el pueblo. La infancia en la central tenía algo de paraíso pequeño pero también de despedida temprana.

Cultivaban la tierra, cuidaban los animales. Tenían un pequeño huerto y un corral con cerdos, gallinas y conejos. También disponían de una cabra que les regalaba la leche de cada día.

Una vez al año se hacía la matanza que proveía de la carne y el embutido para la familia durante meses. Todo tenía un ritmo marcado por las estaciones, por la previsión, por el saber antiguo de guardar para después. Cuando Gabriel bajaba a Monachil con la mula, el regreso era una fiesta. A veces aparecía con plátanos y chocolate. Pequeños tesoros.

A final de cada  mes llegaba puntualmente  el pagador con las nóminas de los empleados. Era un momento esperado. Y a primeros de mes, con la paga recién cobrada, toda familia caminaba hasta el pueblo para hacer algunas compras. Encarni recuerda especialmente las grandes hogazas de pan. Las llevaban de vuelta como quien transporta algo valioso. Ese pan debía durar todo el mes, hasta el siguiente viaje. Nada sobraba. Nada se desperdiciaba. Y, sin embargo, en su memoria no hay carencia, sino una sensación de abundancia tranquila.

Cuando iba a nacer un niño, avisaban a la partera de Monachil. Ella subía hasta la central y atendía el parto en casa. No había otra opción. El camino hasta el pueblo era largo y si tocaba llevar carga, se hacía en la única mula que compartían entre todos.

Médico no iba nunca. Si alguien enfermaba, había que bajar. Encarni  nos cuenta con naturalidad una vez que enfermó y su padre la llevó a cuestas hasta el pueblo para que la viera el médico. Impresiona imaginar aquel trayecto. El médico no subía, pero el cura sí llegaba hasta la aldea. “Debía pensar que éramos salvajes”,  nos dice ella con una media sonrisa.

Tenían luz eléctrica, aunque solo una bombilla colgando del techo. Lo justo para espantar la oscuridad. Cuando Gabriel fue ascendido a jefe de la central, la casa ganó un pequeño cuarto de baño y una instalación que permitía encender un brasero. Fue casi un lujo. La comida se hacía en la chimenea y allí mismo se calentaba el agua para lavarse en invierno.

El resto de los empleados utilizaban una placa turca en la plaza —una plaza de guijarros donde también jugaban los niños— y se duchaban con agua que llegaba directamente del río. La ropa se lavaba allí mismo, a mano, frotando contra la piedra

En verano, el río era la vida. Los padres construían una pequeña balsa y los niños pasaban horas en el agua, libres, tostados por el sol. Jugaban al escondite, con las muñecas, con cualquier juguete improvisado… Un pequeño mundo donde nada sobraba, pero donde lo tenían todo para vivir en paz.

Cuando Encarni contaba con apenas seis años la central cerró y se fue apagando poco a poco. El pequeño paraíso perdido en la montaña quedó abandonado durante muchos años hasta que otras personas vinieron a recuperar su uso como central hidroeléctrica moderna, pero nunca perdió su esencia ni nadie consiguió nunca apagar nunca su luz…        

                             

A lo largo del proceso de investigación para la escritura de este artículo, hemos contactado con varios vecinos y vecinas del municipio que son memoria viva de las historias de nuestro río y de nuestro pueblo. En próximos artículos seguiremos recogiendo sus voces, sus relatos y la huella de sus vidas, porque en ellos late una parte esencial de lo que somos. Compartirlos es una forma de cuidar esos recuerdos y de mantener encendida, entre todos, la memoria de nuestro hermoso pueblo.

Artículo escrito por Carmen Moral Santaella, vecina de Monachil

 

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